Aunque expertos y científicos propusieron que toda persona recién diagnosticada recibiera sus medicamentos lo más pronto posible, yo pedí una semana para asimilarlo y comenzar tratamiento. Bueno, los días pasaron cual horas y aquí estoy.

“El efavirenz y emtricitabina/tenofovir es una terapia combinada muy eficaz que te ayudará a mantener bajo control tus niveles de carga viral hasta que seas una persona indetectable”, dijo el médico.

Las náuseas no me dejaron dormir esa primera vez. Mareos, sudoración y una que otra pesadilla resumieron esa primera noche, luego de ingerir dos pastilla: efavirenz y emtrifovir (tenofovir+emtricitabina), los fármacos combinados que hacen parte de mi terapia antirretroviral para hacerle frente al VIH en mi cuerpo. “Cada organismo lo asimila de manera distinta. Pudieses tener jaqueca o somnolencia”, dijo el especialista esa vez que recibí mi primer mes de tratamiento antirretroviral con mi proveedor de salud. 

 Dos frascos con treinta pastillas cada uno. El efavirenz de color naranja y el emtrifovir de color azul, ambos con tonalidades claras. Los tomé con fuerza porque sé que me ayudarán a ser una persona saludable, pero también con cierto recelo. Antes no tomaba pastillas de ningún tipo, ni siquiera vitaminas, pero ahora no tenía opción. El médico me advirtió acerca de los posibles efectos que tendrían en mi sistema las dosis en las primera dos semanas, aun así fijé las 10:00 p.m. como hora sagrada para tomar mi TARV. 

 Comencé con una sensación de incomodidad seguida de sudoración leve. No hubo problema al principio. Pasadas las 10:30 p.m. el cuarto comenzó a dar vueltas, como las veces que me acostaba con unos tragos encima, luego de una celebración de Cumpleaños, Navidad o Año Nuevo. 

Recuerdo que al menos en tres ocasiones me levanté con nauseas terribles y caminé en dirección hacia el baño pero antes de entrar, las náuseas cesaban. También creí sentir fiebre, pero la mente me jugaba en contra, solo tuve escalofríos. El agotamiento terminó por tumbarme de nuevo sobre mi cama. Recuerdo soñar que formé parte de una película de terror recién vista esa misma tarde. Sonrío luego de recordar que el especialista me había recomendado no mirar este tipo de historias por lo menos los primeros quince días de tratamiento. No hice caso. Las horas transcurrieron y solo pedía que amaneciera más tarde para dormir más tiempo.

 Apenas vi que aclaraba, afinqué mi cabeza contra la almohada en un gesto de rechazo al día que comenzaba. En mi primer intento por levantarme de la cama, el mundo literalmente dio vueltas. Volví a acostarme y arroparme. Cinco minutos después, el despertador sonó alrededor de ocho veces y la ocho veces lo apagué para continuar durmiendo.

Pedí permiso en la oficina para trabajar el primer turno desde casa y acercarme por la tarde. Los mareos continuaron hasta las 10:30 a.m. Conversé con el médico infectólogo, quien me comentó que los síntomas eran de esperarse. A medida que transcurría la jornada, los dolores en la parte baja de mi espalda me obligaban a levantarme y estirarme para soportar la presión y concentrarme.

Por momentos mi vista se nublaba y me encontraba respirando frío. Temía que el malestar de la noche se repitiese. Por fortuna, no fue así. Una o dos reuniones por zoom terminaron mi jornada matutina, alrededor de un 60% fue lo que pude retener. Agradecí tener mi libreta de apuntas y la sesión en modo de grabación.

Almorcé ligero y sin grasas, todo a la plancha. Lo último que quería era sentir náuseas o pasar gran parte de mi tarde sentado en el inodoro.

Dejé preparado el traje para la oficina el día anterior. No lustré los zapatos. Así que fui en motocicleta 15 cuadras al sur de la ciudad. Los rayos del sol pegaban en mi frente y sentía una fuerte resaca. Apenas crucé la entrada del edificio y registré mi tarjeta, uno de mis compañeras me dijo: ¿qué te pasó? ¿No dormiste o qué? Sonreí y solo respondí: mala noche con mi mujer.

Las horas transcurrieron rápido. Mis compañeros sabían que algo me ocurría pero cumplí con mis funciones a tiempo y con éxito. No hubo algún problema. Los últimos 10 minutos de jornada transcurrieron lentos, miraba las manecillas del reloj con detenimiento. Bebí una última taza y de café.

Me fui a casa, tomé una ducha y me acosté. Por recomendación del médico cené a las 7:00 p.m., me acosté y puse mi alarma a las 10:00 p.m. para tomarme la segunda dosis de mi tratamiento. No quería, mis manos temblaban y solía pedía que la experiencia fuese distinta a la primera. “Te acostumbrarás. La primera noche a veces suele ser fuerte”, dijo el infectólogo. Solo queda de mi parte confiar en él y despertar sin resaca mañana. 

Hola, soy Mauricio, pero puedes decirme Mau. Tengo 26 años y hace un año tengo VIH.

El día que recibí la noticia cumplía seis semanas de estar saliendo con alguien. Juntos habíamos decidido hacernos la prueba. Por razones del destino, nuestras agendas no coincidieron. Mi pareja se haría la prueba en la mañana y yo por la tarde.

No tenía de qué preocuparme. En mis 25 años procuré tener relaciones estables y, en la intimidad, procuré cuidarme. Usé condón, y las pocas veces que no, pues mantuve una comunicación muy cercana con la persona. No había razones para desconfiar… O al menos eso pensaba.

Atleta y con buenas calificaciones, mi vida gira en torno de mis relaciones personales y mi profesión. Solo pensaba en cuidar mi salud cuando pasaba por alguna gripa o cuando debía asistir al dentista o alguna jornada de vacunación. Soy el menor de cuatro hermanos y, salvo algunos problemas de visión que acarrearon el uso de gafas desde los seis años, nos distinguimos por ir una o dos veces por año al médico. 

El 14 de mayo de 2019 me levanté temprano para irme a trabajar. De las dos horas de almuerzo, tomé 50 minutos para comer y salí al centro médico para hacerme la prueba rápida del VIH. Llegué a la 1:00 p.m. Me quedaba una hora para hacérmela y no había gente en sala de espera, solo una enferma, con carpeta en mano, hacía el registro.

-Buenas tardes, vengo a hacerme la prueba rápida del VIH.

-¿Existe algún motivo para hacerse el examen?

-Solo para descartar. Hace poco comencé una relación y quisimos asegurarnos antes de ir más allá.

La enfermera terminó de escribir algo que no vi en papel y tomó la muestra. Esperé algunos minutos, la misma enfermera salió de un consultorio y me invitó a pasar para conversar con un doctor. Entré, la enfermera no se quedó y cerró la puerta. Comenzaron a sudarme las manos.

-¿Cómo estás? –dijo el doctor con una sonrisa en su rostro. Sus brazos estaban sobre una carpeta amarilla que reposaba sobre el escritorio y que tenía escrito mi nombre.

-Nervioso –le contesté. Aunque me extrañaba que me invitaran a conversar con él, su expresión me causó cierta tranquilidad.

-Estoy aquí para decirte que tu prueba de sangre dio “Reactivo” para VIH –dijo ahora sin expresión alguna.

Aunque he leído algunas frases como “tener VIH no es sentencia de muerte” o mensajes que afirman que el tratamiento con medicamentos permite a una persona con VIH tener una vida como cualquier otra persona, sentí escalofríos. Mis manos habían dejado de sudar y, aunque el médico hablaba, yo solo escuchaba ecos dentro de ese consultorio a puerta cerrada.

-No has presentado alguna infección oportunista. En la infección por VIH existe un período de latencia en el que la persona puede pasar meses, incluso años, sin enfermarse a causa de un sistema inmunológico debilitado. Es importante que inicies tratamiento antirretroviral y te hagas exámenes de carga viral y CD4 –dijo el especialista como si fuese un libreto de alguna película o serie de Netflix.

A los pocos minutos entró una psicóloga del programa de infecciones de transmisión sexual y conversó conmigo. Gracias a sus palabras pude sentir que respiraba de nuevo. “No vas a morir de esto y puedes continuar tu vida como has venido haciéndolo hasta ahora”. “¿Cómo?, le pregunté. “Solo debes tomar una o dos pastillas todos los días de tu vida, a la misma hora, según las indicaciones del especialista”, me dijo tomándome las manos que poco a poco habían recuperado su temperatura habitual.

Entre las recomendaciones del médico y la psicóloga, aun lo recuerdo, me pidieron moderar mi ingesta alcohol y cigarrillo, y suspender cualquier uso de drogas. No tenía problemas con esto. No consumo drogas y muchos menos fumo. Bebo, pero muy poco, y solo cuando comparto con familiares o amistades.

“Debes procurar el uso del condón en todo momento. Toda persona en tratamiento alcanza un nivel indetectable que impide a la persona transmitir el VIH a otras. Y pues, al ser indetectable no vas a desarrollar enfermedades que puedan poner en riesgo tu vida. En conclusión, si sigues tu tratamiento sin interrupciones, y a eso le sumas una buena alimentación, ejercicio y descanso, podrás desarrollar una vida plena y segura. Podrás tener familia, si así lo deseas y alcanzar las metas que te has propuesto”.

Esas fueron, en resumidas cuentas, las palabras de la psicóloga que terminaron por devolverme el ritmo cardíaco. Me despedí de ambos con una nueva cita de control programada en dos días con el médico del programa de infectología que atendía a personas con VIH.  Salí del consultorio, me despedí de la enfermera, quien archivaba mi carpeta en un escritorio de metal y cerraba con llave. Miré el reloj en mi muñeca. Serían las 3:00 p.m. El tiempo transcurrió sin darme cuenta, llamadas perdidas y mensajes de Whatsapp sin atender. Sin embargo, eso no me preocupaba.

A partir del 14 de mayo de 2019 me vida cambió, para mejor, y tuve que aceptarlo. Debía hacerme cargo de mi salud, por mí y por las personas que me quieren en su vida. Muchas cosas pasaban por mi cabeza, aun cuando sabía que con tratamiento tengo la oportunidad de vivir muchos años, otras dudas permanecen en mi cabeza: ¿A quién se lo digo? ¿En cuánto tiempo puedo volverme indetectable? ¿Existe riesgo de transmitir el virus a los hijos que vaya a concebir? ¿Podré seguir haciendo deporte sin problemas o inconvenientes? Siento el deseo de conocer y escribir estas respuestas y muchas otras más que, poco a poco, irán disipando el miedo ante lo desconocido.